Yo nací en un barrio humilde, a la orilla del río Ozama, entre barrancones de madera y techos de zinc. Mi nombre es CEPVA, aunque en aquel entonces nadie me llamaba así. Yo era apenas un sueño compartido por dos maestras que, con amor y determinación, reunieron a los niños de Los Mina para enseñarles a leer, escribir y soñar con un futuro distinto. Recuerdo bien cuando, en 1967, llegaron tres hermanas de la Congregación Hijas de Jesús. Ellas trajeron esperanza, fuerza y fe. No teníamos butacas ni pizarras; los niños se sentaban en bloques, latas o pedazos de madera. Pero yo, que iba creciendo entre risas y sacrificios, sabía que cada esfuerzo era semilla de algo grande.
Un día, las hermanas llevaron mis fotos al Palacio Presidencial. Querían mostrarle al país que yo existía y que merecía un lugar digno. Y lo lograron: en 1970 me construyeron mi verdadero hogar junto a la Avenida Venezuela. Ese día nací oficialmente como Politécnico Virgen de la Altagracia. Fue como si me hubieran dado un corazón nuevo: aulas amplias, luz, alegría y cientos de niñas con sueños enormes.
No todo fue fácil. En 1976 tuve que enfrentar un conflicto doloroso por el método de Paulo Freire. Algunos me acusaron de cosas que no era, y vi partir a estudiantes y maestros queridos. Pero yo no me rendí. Al contrario, me reinventé. A finales de los 70 y durante los 80, mis pasillos se llenaron de vida con talleres de repostería, corte y confección, belleza, mecanografía y cocina. Yo veía cómo mis muchachas salían preparadas, con dos títulos en mano y esperanza en los ojos.
El tiempo pasó y seguí creciendo. En 1995 llegaron nuevas modalidades: informática, contabilidad, más tarde enfermería, mercadeo y administración pública. En 2002 abrí una gran biblioteca, no solo para mis estudiantes, sino para todo el barrio. Y en 2003 celebré con orgullo la graduación de bachilleres de los primeros estudiantes varones. ¡Qué alegría verlos desfilar en mi nombre!
En 2017, la educación cambió totalmente en el país y yo también me transformé. Reorganicé mis niveles, adapté mis ciclos y fortalecí mi identidad como centro técnico profesional. Desde entonces, acompaño a mis estudiantes desde primaria hasta secundaria, ofreciendo formación humana, académica y laboral.
Mi mística está arraigada a la Congregación Religiosa de Las Hijas De Jesús; La formación integral y cristiana de la persona, en su dimensión individual, social y trascendente, es decir La relación de todos ustedes con Dios. ¡Adivine, eh!, mi finalidad es Evangelizar a través de la educación, sí, mi creación es para recordarte que tienes un padre que te ama tanto y te quiere bien.
Wao! Hoy me miro en el espejo del tiempo y me emociono: soy casa de casi dos mil estudiantes. Mis paredes guardan historias de esfuerzo, amistad y fe. Muchas de mis antiguas alumnas han vuelto a cuidarme como maestras, y mis egresados caminan seguros por la vida, llevando consigo no solo conocimientos, sino valores cristianos que son mi mayor tesoro.
Yo soy el CEPVA, hijo de la esperanza, de un barrio y del amor de quienes creyeron en la educación como camino de transformación. Y mientras haya jóvenes con deseos de aprender, seguiré creciendo, porque ese fue el sueño que me dio la vida.
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